El temblor del silencio: Diego Jesús Jiménez

 

 

  1. En el jardín del claustro
    vence el tiempo a la luz. Dos leones alados
    a los que nace entre sus fauces musgo, mantienen
    con sus formas de piedra
    una pelea acuática: batalla de reflejos
    cuyas llamas inundan de belleza el estanque.Un lejano esplendor
    ilumina el recinto que la mirada crea, sirve para decoración
    de la memoria. Hay en las rejas sangre y, entre la fronda del bosquecillo próximo,
    guerreros que se ocultan asediando a la nada.
    Nunca coincidiremos con la muerte. Nuestros ojos se pueblan
    de imágenes que, al mezclarse, destruyen
    los diferentes ángulos de visión de su puesta en escena.
    Cualquier espectador, al habitar el nombre de la muerte, asiste
    al opaco sonido de un espacio que es único: un paisaje desierto,
    sin perspectiva alguna, donde la luz proyecta su reflejo sin vida.

    Brilla en su infierno verde el corazón del bosque
    y en la fronda podrida de la alberca
    posa sus sedas de calor el verano.

    Ves el temblor
    del tiempo. Las flores que se abren
    en el jardín, iluminan la ausencia de cuantos defendieron
    este lugar que te convierte en sombra.

    II. Contemplas
    los despojos de un siglo que murió entre placeres. Todavía
    el hedor de sus sótanos y el rumor de sus fiestas
    incendian las ciudades.
    Ved el espacio en llamas, la combustión del aire: los edificios
    de los cuarteles y de las catedrales; el fulgor del dinero
    y su oleaje sobre el horizonte; ved
    el corazón de piedra
    de la ciudad, sus inmensas fortunas
    trasladas de una página a otra de la Historia por los mismos esclavos.
    Todavía se adoran en los templos sus dioses, y las leyes
    -incluso las que nos ofrecieron libertad-, conocedoras
    de que nuestras costumbres seguirían haciéndonos cautivos, son las mismas.

    Nos disfraza el pasado con sus más bellos trajes
    y el tiempo, que convierte en leyenda la sangre de los héroes,
    nos miente. Imprecisas imágenes, ambigüedad de formas
    giran en la memoria. Las flores
    hierven movidas por el aire, y un agreste paisaje
    se remansa en los prados. Como música antigua,
    la luz gastada por la arquitectura
    se desliza en los muros. Los pálidos colores
    con que oculta el pasado su derrota
    iluminan el templo.

    En las ruinas,
    queda una claridad de yeso mordida por la muerte; caen del tiempo los copos
    de una ceniza enferma. Y en tus ojos, que celebran lo efímero,
    arde la soledad de toda gloria.

III. Cuantos llegaron a las orillas de estos ríos y
no supieron volver, edificaron la ciudad. Todavía conservan
un silencio de cima las almenas. Brilla en el horizonte
la lejanía de los siglos; y abandonas
la mirada en sus reinos hacia los que, alguna vez, partiste
en busca de una patria que no has hallado nunca.

Ves arrasados por el oro o el fuego los campos
que, desde aquí, contemplas; calles atravesadas
por procesiones y desfiles; plazas
convertidas en foros donde, los más pícaros, esgrimen
un discurso moral, donde la corrupción
denuncia a lo corrupto, la podredumbre
a lo podrido.

Se adora a la apariencia
y en los mercados, como el amor, busca
la penumbra el dinero. Te parece que escuchas, todavía, el murmullo
de los grandes festejos. Hace ya muchos años, llegaron a la
ciudad
echadoras de cartas y mendigos, encantadores de serpientes y músicos
que transportaban instrumentos con cuyos sonidos construían ciudades.
Mercaderes de telas, comerciantes de insólitos remedios
cuyas plantas dejaban a su paso, en el aire, perfumes
de paisajes lejanos. Celebraban subastas
en las que, lo mismo que trofeos, se exhibían desnudos,
bellos adolescentes a los que rodeaban
mensajeros y artistas ambulantes, confesores
y jueces.

¿Cómo no ver a la belleza herida
donde la esclavitud edificó su reino? «Prefiero
la injusticia al desorden», aseveraba Goethe, ignorando que elorden
no puede ser injusto. Quien no tiene memoria
nada espera. Como no espera nada,
ni es más dulce su rostro, el busto que contemplas: materia
no atravesada nunca por la luz o el sonido
que aún parece asomarse -oxidadas las sombras de su frente, sus ojos entregados
para siempre a otro tiempo- a esta ciudad donde sembró el espanto.

Los murciélagos forman,
en el silencio de las bóvedas, lámparas
de oscuridad, un tiempo
todavía pudriéndose; y navegan
en sus cuerpos de sombra, como paraguas destrozados, la noche.
Tus pisadas deshacen en los charcos su imagen, como cuando, de muchacho, atrojabas
piedras a los estanques y en los remansos de los ríos para
ver cómo se deshacía y tornaba a su imagen tu rostro. Tienes
la vaga sensación de haber vivido, alguna vez, un tiempo
que no te pertenece. En las umbrías de los muros, como trompetas de la muerte,
abren su flor los lirios. Queda entre los olivares
una luz de bazar, de bengala inflamándose:
el resplandor blanco de la ciudad en fiestas.

Lo mismo
es que emprender un viaje y olvidar el camino de regreso
el poema que escribes. Has ido recogiendo,
como si se tratara de un espejo roto,
cuantos fragmentos de la tarde, y de tu corazón,
componen tu presente.
Desde donde contemples
a la ciudad, la verás siempre llena
de villanos y de héroes.

IV. Coronada de mártires, seguida
de notarios y astrónomos, dueña de navegantes
y teólogos. La comitiva de la Historia
cruzó por estas lomas transportando sus jaulas
con exóticos pájaros, construyendo prisiones y murallas, patíbulos
y altares, plena
de venenos y joyas.
La recuerdas
en los primeros libros de la infancia, ilustrados
con las mayores aberraciones y crímenes, vestida de serpiente,
disecados sus labios lo mismo que en los mapas los nombres
de las ciudades y los ríos.

La memoria repite una retórica sucesión
de desiertas imágenes, un confuso cortejo
de lejanías plateadas y nieblas.
La Historia es un lugar estéril, donde los hechos suelen
ser razón del error, donde son perseguidos por la muerte
los sueños, y en el que todas las ciudades tomadas
son infieles.

Ves regresar el tiempo, lamer
como un reptil cansado con su cuerpo los muros
donde el escudo de armas, todavía con savia,
envejece en su gloria. Las ruinas tienen algo
de distancia que arde, un resplandor de luces desterradas.

Cruzan, las figuras sin sombra de la Historia, la tarde; y ves crecer las flores
que nacen siempre en las edades muertas.

V.  Tu infancia,
tantas veces cautiva, capitán de bandidos
en busca de tesoros y cámaras ocultas
en las que imaginaste, rodeada de ungüentos prodigiosos
y bálsamos, la imagen -en todo su esplendor-
de una reina dormida. Huiste con sus joyas
después de deshacerte de su cuerpo de guardia y sortear las trampas
que esperaban tu carne.

Otras tardes
buscaba tu niñez en los alrededores de este lugar princesas
todavía encantadas, y componías filtros
para romper su hechizo, las palabras exactas
que devolvieran la verdad de su vida a tus ojos. Y veías así,
en la serpiente, el caracol, la hormiga, un cuerpo
como el tuyo condenado a estar solo; y pájaros bellísimos
cuyo canto de dolor, lo mismo que tu canto, era inmenso.

Desde entonces recorres
el universo en busca de sonidos capaces
de hallar la realidad, y sabes que el poema
es lo que nos equivoca con su verdad profunda.
Y así en el fondo de las cosas escuchas
cierto fervor vacío, como el silencio desvelado
de lo muerto que asciende, traslúcido, tras las grandes batallas.
Tengo, condenado en su cárcel, en mis manos
un saltamontes -equivocado vegetal, huido de su reino- como aquellos
que perseguía de niño. Parece que llegara
del futuro a posarse sobre un tiempo
que sólo es apariencia del tiempo que lo habita.

Un sol amurallado del color de la sangre
da a la tarde la imagen de los largos asedios; y como
si desde la lejanía, a través de tus ojos, mirara
un ser distinto al tuyo, te sientes
el precipicio de la historia, tiempo
que continúa despeñándose, lo mismo que sobre el horizonte de las cosas

En el breve museo que visitas
la luz, que es azulada y pálida, descansa
como un remoto príncipe, sobre las armaduras y los códices.
De las bodegas y los sótanos asciende
la llamarada de un silencio húmedo, el aliento podrido de los siglos,
t hasta el pequeño páramo de mármol en el que, como entonces,
todavía imaginas un paisaje nevado
al que hubiera acudido, para saciar toda su sed, el tiempo.

 

– Diego Jesús Jiménez, libro “Itinerario para Náufragos”

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