Poema de Eduardo Lizalde

 

Dime tu nombre, cosa,
tu desnudo tejido
por el nombre y sus cáñamos seguros.
Bestia que el solo grito de su cazador
ya enjaula,
mosca en su claustro edénico de miel,
oveja ensoñada por el copo
de su ovillo futuro.

Cosa, cómo te llamas.
Si el nombre humea por tu cuerpo
como la trepadora escrita,
la hiedra de frutos salivares
urdida flor a flor con tu materia
-como trabando el agua con el vidrio
sin romper el agua-,
sí te llamas entonces, ente bautizado
que la lengua pule en su taller sonoro.

Cosa veloz, coherente o desarticulada:
te llamas ángel, col, ruina o memoria.
No eres más sin embargo,
nada se te agrega
por tener ese nombre que te lame
como un halo de oliva
o una guirnalda de avispas transparentes
sobre tu cuerpo sudoroso de existencia.

Cosa nombrada, ya existías
antes de llamarte incluso
con la palabra cosa.
En la brega del ojo vuelto filos,
el roce de la música y el tacto
ganaste el nombre: una sirena
del gesto y la palabra.

Cosa menor, ajena, cotidiana
o sin medidas, lampo corpóreo,
bloque vivo del sueño,
espectro arenoso, y azul, de la vigilia.
Mira correr la turba de tus nombres
en distintos idiomas
-cada cosa es Babel-,
como cayendo de un rostro con lengua dividida
por setenta navajas.
Mírate atravesar sin daño alguno
por éstos que se vierten sobre ti,
vinagre en áureas copas,
grito loco del saurio para tu cuerpo de grulla.

Ándate, como perro perdido
entre esos nombres: Negro,
Tritón, Berganza, Hueleandando.
Cómo te envuelven sin tacto
y sin olor
en una sorda estela
de enceguecida mole
que al fin hiendes inmóvil o encallada,
buque de cristal en río de aceite.
Y en cambio mira el mar del nombre
que mereces llevar:
pega en tus carnes,
arroja nidos de cangrejos en tus aledaños,
fabrica o reconstruye con tu arena
viejos monstruos diluidos,
forja serpientes de metal
con los anillos extraviados,
divide en dos tu pecho,
clava firmes tornillos de acero en tu algodón
-espada en leche-
y afianza las espuelas
en tus piernas y brazos,
te envuelve, te cabalga
como un segundo cuerpo;

pinta de su color,
furioso tejo de anilina,
la atmósfera que incendias:-mira, una lámpara, decimos
jaula de luz o rayo en vacaciones
que levita en la sala
como el jugo más dulce del pincel;

y aquellos dos tinteros,
negrura sin azogue reflejada,
lágrimas de calamar
que la amargura del océano momifica;

la luciérnaga y su esperma al rojo vivo
que engendra carne y luz organizadas,
como el fruto portentoso que daría el lirio
si pudiera;
el ceño de esta joven rubia,
tan fruncido
que genera fibromas bajo la sien de esmalte.

Ésta es la cosa muda, el trino degollado
que me lleva por nombre
dice el nombre, un aura,
y propala esa gloria,
esta sazón de mago en la cocina,
denso estar de la cosa entre las cosas,
por el mundo.

 

– (Del libro Cada cosa es Babel, 1966)

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