Poemas de Jorge Valls

 

Donde estoy no hay luz
y está enrejado.
Inmediatamente después
hay un espacio iluminado.
Por lo tanto, debe existir la luz.
Sin embargo,
más allá, hay una sombra más densa aún…
Ya no hay ahorcados:
todos están ardiendo
¿Estarían hechos de kerosene por dentro?
Y siguen conversando,
moviéndose de aquí para allá,
de allá para acá,
interminablemente.
Algunos duermen.
Alguien está afuera.
En algún lugar hay sol.
Inevitablemente existe el sol.
Yo ya no puedo salir:
iré a dormirme.
Inevitablemente volveré a despertarme.
Y así sucesivamente.
La kerosene inagotablemente está quemando.

 

**********************************************************************

 

Yo decía esa palabra para crearla en el aire,
para extraerla de mi necesidad sangrienta.
Y temblaba de carne miserable
inútilmente torpe para el lirio.
Un susurro de cuento me alumbraba
por las orejas la región del pálpito
y apretaba en mis mandíbulas
un sonido inefable de dulzuras extrañas.
No fueron ni mis tuétanos,
ni mi simple saliva,
ni mi cabeza por cien redes enmallada,
ni esa sierpe de estiércol que me escupe
flemas infectas en los ojos,
sino lo que es
tan antes de explicarse;
y en ello va el perdón
de todo lo que soy irremediable.

 

***********************************************************************

 

¿Cómo fue que mi soledad de tigre
se encontró con tu soledad de ardilla,
que mi soledad de nutria helada
se empató con tu soledad de duende?
¿Cómo fue que tu frecuente muerte
se hermanó con mi suerte diaria irrealizada?
Cuando nos sumergimos como dos piedras
hacia la luz de la noche,
y cuando las veletas locas
giraban vertiginosamente
produciendo no sé qué música celeste,
y clavábamos postes
importados del cielo
para marcar la estepa despiadada del mundo,
y se andaba
pisando el suelo apenas,
necesitando eternas rosas.

 

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¿Servirán…?

¿Servirán estas cosas
que se hacen cuando de todo volvemos,
hasta del susurro;
cuando la mano regresa
de la caricia no dada?

Yo amo la espina que me encona el dedo
porque nació del tallo de la rosa.

Amo hasta esta miseria mía
tan en peligro de deslizarse
hasta la espuma donde le gritan los peces.

Yo amo este polvo
que se desgrana en mis dedos
como si untara en la cara del viento.
Amo el agua que baja
y el agua que se queda,
la modesta agua gris de los lavados.
(La penumbra jaspeada de alhelíes,
donde el rumor más débil hace canto).

Caen bajo las alas de las garzas
las desprendidas voces.

Un pájaro de pico cárdeno
Labra el rubí sangrante de mi carne.

 

– De los poemarios Donde estoy no hay luz y está enrejado (Playor, España, 1984) y A la paloma nocturna desde mis soledades (Editorial SIBI, 1984).

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