Noé

Qué mosca, dime, le habrá picado al buen Dios

(esa flor tripétala que solía hablarte en sueños,

esa Mente telarañosa que fabrica imaginando)

para pedirte así, de buenas a primeras,

es decir, solicitar a tu humilde persona,

que de un día para otro

dejaras alegre los cultivos por la singladura

para volverte capitán, almirante sin astrolabio,

trocando el claro desierto por la mar arbolada,

greda por altura de astro, lagar por guiñada,

viñedos por sotavento, frontil por quilla.

De floricultor a grumete, de campesino a marinero,

¿cuántas veces cruzaste sin saber, pobre salvador,

la línea de cambio de fecha bajo los astros inasequibles,

con tu pañol de aves y coleópteros, felinos carroñosos,

libélulas, borregos, serpientes de cascabel y jirafas?

¡Te imagino, Noé, anhelando el suelo de Israel,

roquedales de cortapisas, raíces puestas en abanico

como manos enterradas, y dehesas verdeantes!

Dios ideando feliz la sementera del oleaje

para echar ahí los peces (semillas de mar,

olas que contienen, cuidadosamente dobladas,

la gran sábana de agua

que más tarde orlaría los continentes).

Dios ocupado en sembrar sal al voleo, y tú, Noé,

siglos más joven que Él, forzado a aprender,

conforme subía la marejada, gajes de un nuevo oficio.

Dios, siglos atrás, ¡tan absorto en el azuleo del mar,

anhelando fontanales en otro lugar que la tierra firme.

Francoise Roy

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